La literatura bíblica nació en tres lenguas diferentes, dos de ellas semíticas, el hebreo y el arameo, y una indoeuropea, el griego. Aquéllas están representadas en la Biblia en la forma de su edad de oro; el griego es el del período helenístico, cuando esa gran cultura se democratizó en todo el Oriente.

El hebreo clásico que ha llegado a nosotros traducido en literatura se sustancia prácticamente todo en los libros de la Biblia; el arameo y el griego, por el contrario, se despliegan en literaturas abundantes; los libros bíblicos representan tan sólo una fracción pequeña. Estas dos lenguas en su expresión bíblica presentan modalidades que las distinguen de las respectivas expresiones en literatura extrabíblica. Responden al mundo concreto en que vivieron, al ser vehículo de expresión de una comunidad muy definida. Tienen su peculiar semántica, provocada en gran medida por la Biblia hebrea.

En hebreo están escritos la mayor parte de los libros del Antiguo Testamento. El arameo tiene tan sólo unos capítulos de los libros de Esdras y de Daniel (Esd 4, 8-6, 18; 7, 12-26; Dn 2, 4-7, 28; Jr 10, 11), con expresiones o vocablos sueltos en otros libros de ambos Testamentos. En griego se conservan los siete libros llamados deuterocanónicos del Antiguo Testamento (Tobías, Judit, Baruc, Eclesiástico, Sabiduría y los dos de los Macabeos), así como las adiciones, también deuterocanónicas, de los libros de Ester y de Daniel. Se sabe que algunos de esos libros nacieron en hebreo o arameo; se han encontrado partes en su lengua original. En griego se escribió también el Nuevo Testamento, si bien se puede hablar de un Mateo arameo prior al actual y del trasfondo arameo de otros libros. En las tres lenguas bíblicas se han aclimatado términos de diverso origen.

La lengua es creada o adoptada por una sociedad para expresarse por ella. Esa sociedad la adapta y la marca con el sello de su genio. Al entenderse y hacerse entender por sus recursos, le confía sus características patentes o secretas. La lengua es objetivación de los signos comunes de comunicación. Es institución constitutiva de una sociedad. El individuo se bautiza para ella por la lengua común. Entra por ahí en las estructuras externas y mentales que constituyen la comunidad. Los signos objetivados en la lengua son subjetivizados, al ser apropiados por el individuo; entonces le sirven para traducir su personalidad. Pero, a la vez que apropia la objetivación, está también activo en ella, contribuye a modificarla. Y así la lengua es un proceso dialéctico de dar y recibir, entre la persona y la comunidad.

La lengua traduce la cosmovisión particular del grupo que la usa, revela su sistema de pensamiento y de vida. Las lenguas bíblicas encierran las estructuras íntimas del pueblo y de los autores que en ellas se comunicaron. Son, por tanto, la puerta de acceso a su mundo, que se asoma al exterior por esa misma puerta.

El hebreo
El hebreo es una lengua semítica, perteneciente al grupo occidental, es decir, del Oriente más cercano. Es triliteral o de tres consonantes radicales, y sencilla de estructura. El grupo occidental abarca los subgrupos del norte y del sur, entre los que median desde época remota diferencias dialectales. Antes de venir los hebreos a esa geografía se escribían ya esas lenguas del grupo occidental en el alfabeto cananeo-fenicio, que tiene veintidós letras consonantes; algunas de ellas se usaban un poco anárquicamente con función de vocales. En el subgrupo norte se usaba la escritura cuneiforme; en el subgrupo sur, una escritura tendente al jeroglífico.

El hebreo es, según eso, una lengua afín al ugarítico, al fenicio, al edomita, al moabita; las dos últimas tienen pocos testigos. Probablemente resultó del subgrupo del Sur modificado por los arameos noroccidentales que la hicieron su lengua. El testigo documental más antiguo del hebreo es el calendario de Guezer, del siglo X antes de Cristo. Según él, se escribía (y así siempre) de derecha a izquierda, en escritura continua, sin división de palabras, lo cual dificulta su lectura. En ese momento el hebreo está todavía en trance de cristalización, sin fijación gramatical. Y es en ese estadio cuando los hebreos la adoptan.

El nacimiento de la literatura en la época de David y Salomón promueve la fijación de la lengua y su enriquecimiento. No es fácil trazar en detalle esa evolución, al no tener otros documentos que los bíblicos. A su luz parece que había diferencias dialectales entre el hebreo de Israel y el de Judá. En la época post-exílica se ve el hebreo expuesto a la presión de las culturas dominantes. El arameo se expande como lengua hablada, hasta el punto de desplazar el hebreo. El mismo pueblo de la Biblia llega a necesitar que le traduzcan los libros de sus antepasados.

La afirmación de que el hebreo cesó enteramente como lengua hablada en Palestina tropieza con el fenómeno curioso de la lengua de la Misna, difícil de explicar como mera lengua artificial y literaria. Tal vez en la tonante de la era cristiana se hablaba en alguna región de Palestina un hebreo evolucionado que sería la base del misnaíco. En todo caso, el hebreo no tuvo interrupción decisiva como lengua literaria y de los sabios.

Cuando el hebreo cesó definitivamente como lengua hablada ante el arameo, y luego el griego, el latín y otras lenguas, hubo necesidad de preservar su recta pronunciación, y para ello fue preciso vocalizar toda la literatura, escrita sólo en consonantes. Aparte algunos signos consonánticos usados ya como vocales, se idearon sistemas de vocalización a base de puntos combinados. Fueron los masoretas quienes desde el siglo IV de la era cristiana emprendieron esta tarea que duró varios siglos. Se destacaron dos sistemas diferentes de vocalizar o puntuar, uno supralinear de los judíos de Babilonia, y el otro infralinear de los masoretas de Tiberíades. Fue el segundo el que prevaleció.

El arameo
El arameo abarca todo un grupo de dialectos semitas afines al hebreo. Los arameos, de cuyo seno proceden los patriarcas, acusan su presencia en el segundo milenio antes de Cristo en toda el área mesopotámica, en Canaán y en el norte de Arabia. Inscripciones en arameo antiguo se encuentran en el norte de Siria desde el siglo X antes de Cristo en adelante. Los arameos toman el alfabeto cananeo-fenicio y desarrollan en él su propia lengua.

La preponderancia de los arameos en todo el Oriente y la sencillez de su lengua frente al asirio hacen que aquélla tome papel de lengua oficial en las comunicaciones internacionales, y en esa función se la encuentra en la documentación asiría y luego en la persa. Con ello se sale del área aramea para ser la lengua de la correspondencia oficial entre las cancillerías. Es lo que se ha venido a llamar «arameo imperial», conocido por toda la gente culta. Ese era el caso en Judá ya mucho antes de la muerte del hebreo (2Re 18, 13-37).

En la época persa es cuando la lengua aramea conoce su máxima expansión, también como lengua hablada. Hay documentación aramea en todas las regiones que fueron provincias del Imperio. Continúa todavía en apogeo entrando en la época helenística, hasta que fue suplantado en su universalidad por el griego común. Según las regiones se multiplicó en dialectos, y así surgieron varios arameos, algunos de los cuales están representados por traducciones de la Biblia.

En Palestina prosperó el arameo occidental, que fue la lengua hablada en la región hasta la conquista árabe. El árabe influenció algunas de sus modalidades, como el nabateo y el palmirense. Con abundante expresión literaria hay varias ramas arameas del tronco occidental. El arameo judío palestinense cuenta con los targumes y el talmud palestino; el samaritano ofrece, entre otros documentos, el targum del Pentateuco; el arameo cristiano sirio floreció en el gran centro cultural de Edesa y produjo la versión de la Biblia llamada Peshitta. Posiblemente el arameo de Palestina tuviera una variante dialectal en Galilea, y ésta habría sido la lengua materna de Jesús de Nazaret. Del tronco oriental del arameo, lengua del talmud babilónico, deriva el mandeo y el siríaco, que se habla hasta hoy en algunas aldeas.

Los capítulos arameos de la Biblia que hemos mencionado están en arameo imperial. En el hebreo postexílico abundan los términos y giros arameos. En el Nuevo Testamento recurren expresiones del arameo hablado o coloquial y hay todo un sustrato arameo detrás del griego bíblico.

El Griego
El griego bíblico no es el mismo de la época clásica, anterior al 300 a. C. Pertenece al griego helenístico, que va desde aquella fecha hasta el año 500 de la era cristiana; le sigue el griego bizantino y después el moderno.
El griego helenístico es la lengua que se expande con el imperio de Alejandro. Es una lengua universal que funde dialectos, pero que desciende de categoría, según el patrón del griego clásico. Este sobrevive, por supuesto, en imitaciones literarias un tanto artificiales, en cuanto que no corresponden a la lengua que se habla.

El griego helenístico se distingue con el nombre de koiné, griego «común», del pueblo no letrado ni escolarizado. Presenta un vocabulario evolucionado bajo la presión de otras lenguas, en especial semíticas, y una morfología muy simplificada. Cierto que con referencia al griego clásico, el koiné presenta en su calidad grados diversos, desde el abiertamente incorrecto hasta el más cuidado. Koiné no quiere sólo decir común y popular, sino también lengua extendida y universalizada.

En la lengua koiné hay escritos profanos, de diversos autores griegos, y escritos cristianos, apócrifos y de los padres apostólicos; y hay también un gran número de papiros e inscripciones. Con todo, la expresión literaria más masiva de esta lengua está en la Biblia griega y en el Nuevo Testamento. En ambos se encuentra la máxima variedad en calidad de lengua, desde la que se avecina a la ática hasta la decididamente popular.

La Biblia griega es la versión de los Setenta (LXX), obra que realizaron los judíos de Alejandría para facilitar la comprensión del Antiguo Testamento a un público judío o gentil que no conocía el hebreo. Comenzó por el Pentateuco en el siglo III a. C. y concluyó entrada ya la era cristiana. Al ser traducción de una literatura sagrada, no tiene toda la agilidad de una creación literaria libre. Con todo, no se puede decir que sea hebraizante; al contrario, heleniza generalmente los conceptos. Es la obra más extensa en el griego común. En el siglo II de la era cristiana surgen otras traducciones de la Biblia hebrea al griego, como son las de Aquila, Símaco y Teodoción.

El Nuevo Testamento es también griego común, muy variado en calidad, igual que los Setenta, conforme a la cultura literaria del que escribe y según la dependencia o libertad que pueda tener con respecto al fondo semita. Por supuesto, el fondo semita es real. Los dichos de Jesús debieron ser traducidos del arameo hablado. Las citas del Antiguo Testamento siguen generalmente la traducción de los Setenta.

El griego del Nuevo Testamento es en general más vivo que el de la versión alejandrina. Se encuentran en él más de cuatro centenares de palabras que le son exclusivas. Eso no quiere decir que sean forzosamente semitismos. Proceden del lenguaje no literario, pero griego. El descubrimiento del griego koiné permite esta explicación, que previene de exagerar las peculiaridades de la lengua del Nuevo Testamento. En cuanto a calidad, no hay en el Nuevo Testamento ningún libro tan clásico corno el deuterocanónico de la Sabiduría. De los más áticos es Lucas; el más popular e incorrecto es el de la Apocalipsis. Pablo está en la línea de los oradores estoicos, correcto, pero de composición compleja y difícil.

Fuente: González Ángel, Curso Bíblico a distancia nº 1 ¿Qué es la Biblia y cómo leerla?