Rondaba Alejo por aquél inacabable infinidad de malezas cuyos indigenas denominaban Paraguay; hace dos días que cruzó el Gran Río con su canoa fabricada con fuego y un tronco viejo así como él.

Estaba en la inútil búsqueda de la tan hablada tierra de El Dorado.

Gracias a conocimientos indígenas se salvó, varias veces, de la insolación. Reinaba un calor y humedad mortales.

A pleno medio día, desistió de caminar. Su estomago le rugía como jaguar, de tanta hambre que sentía. Miró al cielo y vio una enorme ave, un águila. Pero se trataba de un ave completamente nueva para sus ojos, e incluso -pensó- para el Mundo.

"Me la comeré", se dijo a sí mismo voz alta.

Empuñó su arma, cargó polvora y luego introdujo una pequeña bola de plomo, y apuntó.

Justo antes de gatillar, el ave (que antes no lo miraba) volteó, y fijó su mirada penetrante a los ojos de García. Su mirada parecía hecha con brasas de acero hirviente. Alejo, asustado por la mirada incinerante de la fiera alada, destensó el martillo del dispositivo. Y lo volvió a guardar en su funda de cuero de rinoceronte.

Decidió continuar su marcha.

Llegó hasta un claro, desde donde pudo ver humo. Sin estar seguro de lo que hacía, empezó a apurar el paso en dirección de lo que ciegamente creyó que iba a ser su salvación. No comía desde que cruzó el Gran Río.

Cruzó una franja algo espesa de un bosque de lapachos, empezó a correr desesperadamente, el hambre era su tortura y su combustible. Al salir de la franja, se destubo abruptamente.

Frente a él, se dibujaba un enorme circulo de piedra. En el interior, unas vacijas semi-enterradas en la tierra. Las vacijas no poseían tapas. Al rededor de algunas habían -clavadas en la tierra- lanzas y flechas.

Avanzó. La curiosidad extrema por saber qué guardaban las vacijas era muy fuerte. Entró en el circulo.

Sintió que el aire se espesaba con el olor a muerte. Llegó hasta una de las vacijas. Estaba vacía. Retrocedió desconcertado, pero así hizo caer una vacija que estaba tras de él.

El olor era nauseabundo, un montón de moscas revolotearon. Asomaba una cabeza humana desprovista de tejido orgánico en ciertas partes y sin rastro de los globos oculares. Su naríz (o lo que quedaba de su naríz) tenía una espuela de espina atravesada. Era un indígena.

Estaba en un cementerio.

Extrañamente, casi todas las vacijas estaban vacías. Algunas estaban volcadas, todas tenían rupturas en algun ángulo. Unas pocas se encontraban totalmente rotas y sus partes estaban esparcidas ampliamente.

Su atención fue captada por una vacija que estaba en excelentísimo estado, hasta con tapa. Su único defecto era la flecha que tenía atravesada en medio. Alejo se encaminó a aquella tumba, la destapó y miró su interior. Yacía como durmiente un muchacho en perfecto estado.

No olía, estaba completo. Ni siquiera parecía muerto.

García volvió a tapar esa vacija, ese niño le producía un temor pues parecía como si lo hubiesen "enterrado" vivo. Alsó la mirada y vio que estaba siendo observado.

Alejo García, con su rifle en la mano, hizo señas a los indígenas, pero estos (que iban con arcos y flechas) comenzaron a disparar. Alejo disparó y mató a uno de los indigenas. El otro corrió por su vida.

Entonces decidió salir inmediatamente de allí, pero al darse la vuelta se vió cercado de indigenas armados. Le alcanzó una flecha en el hombro. Cayó al suelo sumido en un dolor agonizante nunca antes sentido y una sensación extraña e incomoda.

Se arrancó cada placa de hierro y extirpó la flecha. Maldecía no haberse puesto la cota de malla a pesar del calor insoportable que le generaría. La punta de la flecha era verdosa. Se ató con fuerza un pedazo de su camisa sobre la herida sangrante, para así evitar que siga perdiendo el líquido escarlata.

Vio que los indígenas armados no iban a moverse de allí. Se acostó sobre la tierra. Estaba nublandose y empezaba a anochecer.

Entrada la noche, un poderoso trueno sacudió el suelo, despertando inmediatamente a Alejo. Miró, asustado su entorno. Llovía profusamente.

No podía ver absolutamente nada, no habían estrellas ni tampoco Luna. Escuchó que una de las vacíjas parecía moverse para luego oir el estallido en mil pedazos de la misma. Escuchó, un instante después, como si alguien arrastrase un saco de papas cerca suyo. Sus ojos empezaban a adaptarse a la oscuridad. Se dio cuenta de que sus custodios se habían esfumado, seguramente corrieron de la lluvia… O tal vez de otra cosa…

García, con miedo, se levantó y giró sobre sí mismo, en la dirección del ruido que hizo la vacija. La distinguió entre las tinieblas. Era la única que contenía un cadáver. Pero ahora dicho cuerpo ya no estaba.

La vacija del niño estaba destapada.

Recordó entonces, de que los indígenas del Gran Río no se acercaban a sus cementerios, pues siempre faltaban cuerpos. Los jaguares no se devoran la carne en descomposición y los buitres no andaban de noche. Los ruidos -decían ellos- era siempre de noche.

Los indígenas lo describían como un enorme lobo, de color oscuro y ojos amarillentos, que gustaba de tragarse la carne putrefacta de los humanos.

Escuchó un crujir de huesos, Alejo miró hacia su derecha y vió una atrocidad que le hizo revolver su vacío estómago. El monstruo se alimentaba ante sus ojos de un cadáver.

Alejo García caminó lentamente de espalda, quería correr pero su sentido común le decía que esa cosa lo iba a alcanzar en menos de un segundo. Lamentablemente, aplastó un pedazo de una vacija.

Su respiración se detubo, su corazón latió como el de un caballo y su vejiga se aflojó.

Vió a la bestia acercarcele. Veía a su esposa y a sus hijas caminando hacia él. Vio los ojos amarillos del monstruo, que no miraban nada más que los suyos propios. Vio a su madre de la mano con él, caminando por los viñedos de Castilla. Vio a su padre -un soldado poderoso e invensible- morir. Vio como su madre, una duquesa, moría agonizando a causa del plomo que se colocaba en la cara.

Y vio las fauces del Luisón cerrarseles en el cuello.

Dicen los indígenas que hubo una vez un ser semi-humano que secuestró a la hija de un poderoso cacique, y que juntos enjendraron a siete hijos, de los cuales el último fue desterrado por devorarse a los muertos.

El cacique de la aldea a la que llegó Alejo García en el Chaco paraguayo tenía siete hijos.

Nunca se le encontró a Alejo García. Ni vivo, ni muerto.